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Energía y cambio climático

Existe un amplio consenso científico en señalar el cambio climático como uno de los problemas más graves a los que se enfrenta la humanidad. Durante milenios, el planeta ha sido capaz de asimilar muchos de los impactos provocados por la actividad humana. Sin embargo, a partir de la Revolución Industrial, el uso masivo de carbón, petróleo y gas natural hizo que las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero comenzaran a crecer rápidamente.

Desde entonces, nuestro modelo de desarrollo se ha basado en gran medida en el consumo de energía fósil. La quema de estos combustibles para producir electricidad, mover vehículos, calentar edificios o alimentar procesos industriales, libera gases de efecto invernadero a la atmósfera. Su acumulación está intensificando el calentamiento global y alterando el equilibrio climático del planeta.

Los datos más recientes confirman la urgencia del problema. El año 2024 fue el más cálido registrado desde que existen mediciones globales y el primero en superar, como media anual, los 1,5 ºC respecto a los niveles preindustriales. Aunque un solo año por encima de ese umbral no significa que se haya incumplido de forma definitiva el Acuerdo de París, sí supone una señal clara de que el calentamiento global ya está teniendo efectos visibles.

Para entender por qué ocurre este aumento de la temperatura, es necesario detenerse en el funcionamiento del efecto invernadero.

¿Qué es el calentamiento global?

Termómetro que indica una temperatura elevada de 40º

Termómetro. Fuente: Pixabay

La Tierra recibe energía del Sol y parte de ese calor vuelve hacia la atmósfera. Los gases de efecto invernadero -como el dióxido de carbono (CO₂), el metano (CH₄) o el óxido nitroso (N₂O)- retienen una parte e impiden que escape completamente al espacio, contribuyendo así al calentamiento de la atmósfera.

Este efecto invernadero es natural y necesario para la vida. El problema aparece cuando la concentración de estos gases aumenta por la actividad humana, sobre todo por la quema de combustibles fósiles, cuando se retiene más calor del habitual y sube la temperatura media del planeta. Ese aumento sostenido es lo que se conoce como calentamiento global.

Sus efectos ya se observan en la alteración de las lluvias, la subida del nivel del mar, las sequías, las olas de calor, los incendios forestales y otros fenómenos meteorológicos extremos. Estos impactos afectan a la salud, la agricultura, los ecosistemas, la economía y también a la forma en la que se produce y consume energía.

Persona sosteniendo una señal de emisión de CO2

CO2. Fuente: Pixabay

Transformar el modelo energético

La relación entre energía y cambio climático es directa. Según el Plan Andaluz de Acción por el Clima, las actividades con mayor peso en las emisiones de gases de efecto invernadero en Andalucía están vinculadas a la producción y transformación de energía y al transporte por carretera.

Por eso, transformar el modelo energético es una de las principales vías para reducir emisiones: más energías renovables, más eficiencia, más electrificación y menos dependencia del carbón, el petróleo y el gas. Según la Agencia Internacional de las Energías Renovables (IRENA), el camino hacia 1,5 ºC exige una transformación sistémica del modelo energético, basada sobre todo en triplicar la capacidad renovable, duplicar la mejora de la eficiencia energética para 2030, electrificar más usos finales y reforzar redes, almacenamiento y flexibilidad del sistema. 

Andalucía cuenta con un gran potencial solar y eólico y ha avanzado de forma notable en los últimos años. La comunidad finalizó el primer semestre de 2024 con una potencia renovable instalada de 12.504 MW y en 2025 superó los 16.000 MW, según datos de la Agencia Andaluza de la Energía. El reto, no obstante, sigue siendo reforzar redes, mejorar el almacenamiento, impulsar el autoconsumo y reducir las emisiones del transporte y los edificios.

Así, la respuesta al cambio climático combina dos grandes líneas de acción. La mitigación busca reducir las emisiones mediante renovables, eficiencia energética, rehabilitación de edificios o movilidad menos contaminante. La adaptación, por su parte, consiste en prepararnos para impactos que ya están en marcha, como olas de calor, sequías, lluvias torrenciales, incendios o subida del nivel del mar.

Ambas son necesarias: reducir las causas del problema y, al mismo tiempo, adaptar ciudades, cultivos, infraestructuras y ecosistemas a un clima que ya está cambiando.

Paneles solares. Fuente: Pixabay

Un reto compartido

La transición energética no depende solo de gobiernos e instituciones. También implica a empresas, ayuntamientos, centros educativos, universidades y ciudadanía. Reducir el consumo innecesario, mejorar la eficiencia de los hogares, apostar por el autoconsumo, usar transporte público o avanzar hacia una movilidad menos contaminante son decisiones que contribuyen a reducir la huella climática.

Mitigación, adaptación, descarbonización, renovables, eficiencia energética y justicia climática también forman parte de un mismo mosaico de soluciones. En esta línea, las principales respuestas que se están articulando en acuerdos, leyes y planes en los ámbitos  andaluz, español y europeo son las siguientes:

El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad. Y es que cambiar la forma en la que producimos y consumimos energía puede reducir emisiones, mejorar la calidad del aire, disminuir la dependencia de combustibles fósiles e impulsar un modelo más sostenible y preparado para las circunstancias actuales.



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