El dióxido de carbono (CO2) es un gas presente de manera natural en la atmósfera y que está relacionado con los procesos vitales.

Los seres vivos cuando respiramos ‘quemamos’ las materias orgánicas con el oxígeno atmosférico y desprendemos CO2, pero las plantas verdes toman este gas y, con ayuda de la luz, lo transforman en materia orgánica, que nos sirve de alimento a los seres que no tenemos esa capacidad de crear materia orgánica a partir de materia inorgánica.

Ahora bien, el dióxido de carbono también se produce cuando se queman materias carbonadas, como el carbón, la madera o los combustibles fósiles (gases licuados del petróleo, gas natural, gasolina o gasóleo). Si su emisión no se ve compensada adecuadamente por su fijación, aumenta su concentración en la atmósfera y contribuye al calentamiento del planeta, ya que al no dejar disiparse la radiación infrarroja provoca el ‘efecto invernadero’, pues es el segundo gas atmosférico, tras el vapor de agua, que contribuye a dicho fenómeno. Por otro lado, al absorberse en el agua se forma ácido carbónico (H2CO3), que podría influir en algunos ecosistemas, como los arrecifes de coral.

Fotografía. Fuente geralt en Pixabay

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