Cada verano se repite la misma escena: mientras unos buscan la sombra de una terraza o encienden el aire acondicionado al llegar a casa, otras personas hacen cuentas antes de pulsar el mando. ¿Compensa encenderlo una hora? ¿Y si la factura se dispara? ¿Será suficiente con abrir las ventanas durante la noche?

Y es que el calor ya no es solo una cuestión de comodidad. Según el European Climate Risk Assesment, informe publicado por la Agencia Europea de Medioambiente, cada verano se convierte en un problema de salud y de desigualdad.

Fachada con aires acondicionados

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Durante años, la pobreza energética se ha relacionado casi exclusivamente con el invierno: hogares incapaces de mantener una temperatura adecuada cuando bajan los termómetros. Sin embargo, el aumento de las olas de calor y el encarecimiento de la energía han cambiado ese escenario. Cada vez son más las familias que tampoco pueden mantener su vivienda a una temperatura segura durante el verano.

¿Qué es la pobreza energética?

La investigadora británica Brenda Boardman fue una de las primeras en definir este concepto a principios de los años noventa. En aquel momento consideró que un hogar sufría pobreza energética cuando necesitaba destinar más del 10 % de sus ingresos para cubrir unas necesidades básicas de energía.

Hoy, la Estrategia Nacional Contra la Pobreza Energética 2026-2030 de la Unión Europea recoge una definición más amplia. Asimismo, la Directiva (UE) 2023/1791, relativa a la eficiencia energética, incorpora por primera vez una definición legal y vinculante de pobreza energética en su artículo 2, que establece: “Se entenderá por ‘pobreza energética’ toda situación en la que un hogar no puede acceder a los servicios energéticos esenciales cuando dichos servicios proporcionan unos niveles básicos y dignos de vida y salud, como calefacción, agua caliente, refrigeración e iluminación adecuadas, y la energía para hacer funcionar los aparatos, dados el contexto nacional pertinente, la política social nacional existente y otras políticas nacionales pertinentes, como consecuencia de varios factores, incluidos, como mínimo, los siguientes: inasequibilidad, renta disponible insuficiente, gasto energético elevado y escasa eficiencia energética de los hogares.”

De este modo, la pobreza energética describe la situación de quienes no pueden acceder a unos servicios energéticos adecuados en su vivienda o deben dedicar una parte excesiva de su renta para pagar la electricidad, la calefacción o la refrigeración. No se trata únicamente de una factura elevada: afecta al bienestar, a la salud y, en muchos casos, a la calidad de vida.

Según la investigadora de la Plataforma Solar de Almería, perteneciente al CIEMAT, Alba Ruiz-Aguirre, las causas suelen combinar varios factores:

  • Los ingresos de un hogar no son suficientes para hacer frente a sus gastos.
  • La vivienda es poco eficiente energéticamente, por ejemplo, porque está mal aislada y necesita más energía para calentarse o refrigerarse.
  • Equipos de calefacción o refrigeración antiguos y poco eficientes que hacen que el consumo sea elevado.
  • Coste de la energía elevado. 
Bombillas encendidas

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España registra cada vez más episodios de calor extremo y las noches tropicales -aquellas en las que la temperatura no baja de los 20 grados- son cada vez más frecuentes. En muchas ciudades andaluzas ni siquiera durante la madrugada las viviendas consiguen refrescarse en los meses más calurosos del año.

Un problema que afecta a millones de personas

En estas condiciones, cuando una casa está mal aislada, el calor entra durante el día y permanece en el interior hasta bien entrada la noche. A esto se suma que, si además, la familia no puede utilizar un sistema de refrigeración por motivos económicos, la temperatura interior puede mantenerse durante horas por encima de los niveles recomendados para la salud.

La Organización Mundial de la Salud recuerda que las temperaturas elevadas aumentan el riesgo de deshidratación, golpes de calor y complicaciones cardiovasculares y respiratorias, especialmente entre las personas mayores, los niños pequeños y quienes padecen enfermedades crónicas.

En otras palabras, la pobreza energética ya no solo significa pasar frío en invierno; también implica pasar calor cuando refrescar una vivienda deja de estar al alcance del presupuesto familiar.

Según la Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética 2026-2030, entre 3,5 y 8,1 millones de personas en España experimentan alguna forma de vulnerabilidad energética. A escala europea, antes incluso de la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, alrededor de 54 millones de personas ya sufrían dificultades para mantener unas condiciones adecuadas en sus hogares.

Los elevados precios de la energía, la inflación y un parque de viviendas envejecido han agravado una situación que afecta especialmente a quienes viven en edificios construidos antes de que existieran criterios modernos de eficiencia energética.

¿Cómo se combate?

Termómetro marcando aumento de temperatura

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La primera solución que suele venir a la cabeza es reducir la factura eléctrica mediante ayudas económicas. Sin embargo, la Recomendación (UE) 2026/1001 de la Comisión Europea, de 30 de abril de 2026 coincide en que esta medida, por sí sola, no resuelve el problema.

Según la Estrategia Nacional contra la Pobreza energética 2026-2030, las actuaciones más eficaces son:

  • Caracterización de la pobreza energética.
  • Mejora de las condiciones energéticas y coordinación interadministrativa.
  • Información y sensibilización sobre la pobreza energética.

Todas ellas tienen un objetivo común: reducir el consumo sin disminuir el confort.

Andalucía busca soluciones

Una de las experiencias más innovadoras desarrolladas en Andalucía ha sido el proyecto europeo POWERTY, coordinado por la Agencia Andaluza de la Energía junto a otras cinco regiones europeas.

Su planteamiento iba más allá de conceder ayudas puntuales para pagar recibos. El objetivo consistía en facilitar que los hogares vulnerables pudieran acceder a energías renovables y beneficiarse directamente del ahorro que generan.

Uno de los ejemplos más destacados se encuentra en el barrio sevillano de Torreblanca, donde se creó la primera comunidad energética desarrollada íntegramente en un entorno socialmente desfavorecido. Dos instalaciones fotovoltaicas ubicadas en colegios públicos permiten compartir electricidad entre los centros educativos y catorce familias del barrio, reduciendo su factura eléctrica hasta un 40 %.

El proyecto también puso sobre la mesa otras soluciones aplicadas en distintos países europeos, desde baterías domésticas asociadas al autoconsumo hasta nuevos modelos de financiación para que las familias con menos recursos puedan rehabilitar sus viviendas e instalar energías renovables.

Mucho más que una factura

La pobreza energética suele medirse en euros, pero sus consecuencias van mucho más allá del recibo de la luz.

Una vivienda demasiado fría en invierno o demasiado cálida en verano afecta al descanso, dificulta el estudio, reduce la productividad y aumenta los problemas de salud. También obliga a muchas familias a tomar decisiones imposibles: encender el aire acondicionado o llegar a fin de mes; mantener una temperatura saludable o recortar otros gastos esenciales.

Por eso, cada vez más expertos defienden que garantizar el acceso a la energía no consiste únicamente en producir más electricidad. También implica disponer de viviendas eficientes, tecnologías accesibles y sistemas que permitan aprovechar mejor las energías renovables.

En un contexto marcado por el cambio climático, combatir la pobreza energética ya no significa solo proteger a la población del frío. Significa, cada vez más, protegerla también del calor.

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