La energía y la vida

El Sol representa la fuente de energía más importante para los seres vivos. Hace llegar a la Tierra una gran cantidad de luz, energía lumínica en forma de radiación electromagnética. Los organismos fotosintéticos, como plantas o bacterias, recogen esa luz y la transforman en energía química, fundamentalmente enlaces de la glucosa. A partir de ella, las propias plantas pueden fabricar otros azúcares, además de grasas o los aminoácidos que componen las proteínas.

El resto de seres vivos, al ingerir como alimento estos organismos fotosintéticos, obtienen a través de ellos la energía que precisan para vivir. De esta manera, la fotosíntesis se revela como un fenómeno imprescindible dentro de una compleja cadena de supervivencia. En este proceso, además, las plantas liberan oxígeno a la atmósfera, lo que también es trascendental para el desarrollo de la vida.

A través de la ingesta y digestión de este alimento por parte de los animales, entre los que se encuentra el ser humano, la energía química contenida en los enlaces moleculares es liberada y transformada para que las células del organismo la puedan utilizar.

El movimiento es una de las más evidentes manifestaciones de la capacidad de los seres vivos de transformar energía. También lo es la capacidad de generar calor, el que se libera como resultado de otros procesos que están teniendo lugar en el ser vivo, como los que realizan nuestros órganos (cerebro, corazón, intestino, pulmones, etc.), nuestras glándulas o nuestro sistema nervioso.