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La ciencia, clave en las negociaciones de París

La reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero ahorraría miles de millones de euros y salvaría vidas. Es una idea simple y revolucionaria al mismo tiempo, fruto de un nuevo enfoque sobre las consecuencias del cambio climático vertido por los expertos en laCumbre de París (COP21) del pasado mes de diciembre de 2015. Una incipiente visión que, apuntan, pone la atención en el impacto económico y humano que supondría mantener en el tiempo los mismos patrones de conducta en ámbitos como el energético que llevarían al escenario más apocalíptico en el futuro.

Emisiones de CO2 procedentes de fábricas

Emisiones de CO2 procedentes de fábricas

Estudiar, analizar y cuantificar este impacto forma parte fundamental del trabajo que desarrolla el Instituto de Prospectiva Tecnológica de Sevilla (IPTS), que pertenece al Centro Común de Investigación de la Comisión Europea (JRC), encargada de las negociaciones en las cumbres que tienen el cambio climático como tema principal y cuya última edición se ha celebrado en París. Los expertos reconocen que el papel de la ciencia a la hora de trazar el sendero a seguir para combatir los efectos del cambio climático es imprescindible, no sólo a la hora de identificar los efectos y riesgos de esta amenaza, sino sus consecuencias a nivel económico y social.

“La cumbre es la consecuencia de un largo y a veces complicado camino en el panorama internacional y en el desarrollo de una política global para la lucha contra el cambio climático”, explica Antonio Soria,  jefe de la Unidad Economía de la Energía, el Transporte y el Cambio Climático en el Instituto de Prospectiva Tecnológica. Para esclarecer este camino, la institución en la que trabaja Soria asiste para dar elementos de análisis y argumentación a las distintas opciones políticas en los campos de investigación en los que desarrollan su actividad, ya sea política agrícola, ambiental y climática.

Líderes de la política mundial celebran el acuerdo de París.

Líderes de la política mundial celebran el acuerdo de París.

La labor del Instituto en lo que a política climática se refiere fluye en dos sentidos. En primer lugar, propone escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero a medio-largo plazo para los países de la Unión Europea y para el resto de los estados del mundo. “Estos datos son transferidos a las direcciones generales de Acción Climática y Energía para que puedan realizar las propuestas pertinentes en función de estos valores”, explica Soria.

En segundo lugar, analiza el impacto social y económico del cambio climático que ya está teniendo lugar. Esto requiere un conocimiento menos intenso del sistema energético y más profundo de los distintitos mecanismos de daño por los que el cambio climático afecta a las sociedades. Por ejemplo, estudian cuál es el grado esperado de subida del nivel del mar en 10, 20 ó 30 años y las consecuencias en términos económicos para los sistemas costeros. “Con este tipo de análisis vemos qué países son los más vulnerables y a quién hay que asistir de forma prioritaria”, prosigue el experto.

Un nuevo paradigma

Las conclusiones de los trabajos realizados por el Instituto de Prospectiva Tecnológica de la Unión Europea ubicado en Sevilla han sido claves en las negociaciones de la Cumbre de París celebrada el pasado mes de diciembre. Precisamente, el acuerdo alcanzado en la ciudad parisina ha supuesto un avance sustancial, admite Soria, en la lucha contra el cambio climático porque supone un nuevo paradigma con respecto a la forma en la que cada país contribuirá en el futuro: “El Protocolo de Kioto de 1997 pretendía que una serie de países hicieran determinadas reducciones y rindieran cuentas ante un alto tribunal, siguiendo una reglas complejas y confusas. El objetivo era ambicioso para unos estados, pero dejaba fuera un gran conjunto de emisiones”.

Antonio Soria, junto a su equipo de trabajo, en el Instituto de Prospectiva Tecnológica de Sevilla

Antonio Soria, junto a su equipo de trabajo, en el Instituto de Prospectiva Tecnológica de Sevilla

El nuevo esquema aprobado en la Cumbre de París establece que cada país declarará su capacidad de reducción de gases de efecto invernadero de forma voluntaria, dependiendo de su nivel de realización y de su músculo financiero, marcando además los plazos viables para cumplir estas metas. “El éxito ha sido tal que 187 países han presentado en París determinadas contribuciones nacionales voluntarias (Intended Nationally Determined Contributions, INDCs por sus siglas en inglés) que cubren hasta un 97% de las emisiones globales”, continúa Antonio Soria.

Además, se implementa un sistema que obliga a preparar, comunicar y mantener esos compromisos de reducción, adoptar medidas de mitigación y una revisión profunda cada cinco años que obligue a una rendición de cuentas para saber qué ha hecho cada miembro en dicho período. “Es una meta a muy corto plazo que permite reconducir las políticas nacionales y corregir alguna desviación si se produce sobre el plan previsto”, confirma el investigador.

Desafíos individuales

Otra de las bazas del acuerdo es que los sistemas de contabilidad de emisiones y los objetivos sectoriales que se implementen serán públicos, contribuyendo así a dar credibilidad al esquema. Por tanto, el desafío ahora será analizar individualmente cada contribución nacional declarada por cada uno de los estados miembros, con el objetivo de conocer el esfuerzo económico que supone cada uno de sus compromisos para comparar si son similares entre sí. “Esto dará munición negociadora a nuestros representantes de la Dirección General de Acción Climática”, confirma el ingeniero y economista.

Antonio Soria, durante la entrevista.

Antonio Soria, durante la entrevista.

Los estudios recabados por la institución en la que trabaja Soria avanzan la viabilidad de la consecución de los objetivos marcados, sin que ello suponga un lastre económico para los países. De esta forma, el investigador destaca el ejemplo de Europa. “La Unión Europea lleva una trayectoria virtuosísima en términos de consumo de energía y de emisiones de gases de efecto invernadero. Desde el año 90, ha duplicado su Producto Interior Bruto (PIB) y, sin embargo, el consumo de energía se ha mantenido prácticamente constante”, manifiesta. Esto demuestra, continúa el investigador, que se puede crecer de forma sustancial económicamente y, a la vez, mantener constantes e incluso reducir el consumo de energía y emisiones. “No es el caso de Estados Unidos o Australia. Pero no hay nada radicalmente distinto en estas economías que impida que en el futuro sigan un recorrido similar. Por lo que este camino ejemplificador que ha emprendido la Unión Europea es perfectamente exportable a otros países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y también a otros en vías de desarrollo”, concluye.

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